Paralelo a sus estudios, su carrera en la radio
iba en ascenso gracias a su voz y a su chispa inconfundible
Estudió contabilidad, pero al final se "recibió"
de contador de chistes
Corrían los años 30. Poco a poco el joven
Augusto fue ganándose un espacio en el difícil
mundo de las comunicaciones paseando su talento, aún
floreciendo, por las recordadas cabinas de radio Nacional,
San Cristóbal, Victoria y Excélsior.
Augusto Ferrando
paralelamente a su trabajo en la radio estudiaba
contabilidad... Al final de cuentas terminó
recibiéndose de "contador" pero
de chistes.
Sus padres, don Santiago y doña Rosa se sentían
orgullosos de él, al igual que de su hijo mayor,
pero Augusto era el más apegado. Dinero que recibía,
dinero que se lo entregaba a su madre. De esa manera colaboraba
en la manutención de su hogar, donde si bien es cierto
no había dinero en cantidades exorbitantes, sí
había cariño y mucho amor.
En radio Exélsior, Augusto promovió lo que
se llamó el concurso "La Polla Real", donde
matizaba el juego con su chispa inacabable. Paralelo a ello,
seguía sus estudios de contabilidad, pero el mundo
de las comunicaciones pudo más que cualquier otra
carrera profesional.
Al final de cuentas, como él dijo en una reunión
de amigos donde contaba su vida, "me recibí
de contador de chistes". Quién no le celebraba
una gracia al buen Augusto, quién no le arrancaba
mínimo una sonrisa hasta a la persona más
amargada del mundo o más desdichada de este planeta.
Conforme
transcurrían los años el nombre
de Augusto en el mundo de las comunicaciones sonaba
cada vez con mayor fuerza y respeto.
Aquel buen humor que transmitía a través
de los micrófonos era el matiz especial para las
carreras de caballos que él narraba. Así,
poco a poco, con su picardía y su chispa, el nombre
de Augusto Ferrando en la radio era escuchado con fuerza
y con respeto... ya no era aquel muchacho estudiante y quizás
temeroso del éxito, era un hombre conocido que comenzaba
a sentir lo que era la popularidad.
Eran
los años 30 y ya era conocida su inconfundible
chispa, aquella que se llevó a la tumba.
Nunca se mareó...
Por aquellos años la década de los 30, aquella
del traje oscuro, del sombrero de ala y bastón, Ferrando
recibía el elogio de quienes se deleitaban con sus
transmisiones radiales desde el hipódromo. Pese a
ello, nunca se mareó con los halagos. En las actuales
épocas, cualquier otra persona se hubiera sentido
en las nubes, pero él no. Siempre pisando a paso
firme y siempre agradecido a Dios por la oportunidad de
surgir en la vida como un hombre de bien, digno de la buena
crianza de sus padres Santiago y Rosa.
Así continuó su juventud: entre los micrófonos,
las cabinas radiales y los caballos... ¿Los números?
-por sus estudios de contabilidad- quedaron en un segundo
plano, hasta que dio el primer gran salto de su existencia
y que lo llevaría directamente hacia el estrellato,
al cual, desde siempre, estuvo predestinado.