Augusto Ferrando  
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Augusto Ferrando:

Diario El Chino

Viernes, 5 de Febrero de 1999

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Paralelo a sus estudios, su carrera en la radio iba en ascenso gracias a su voz y a su chispa inconfundible

Estudió contabilidad, pero al final se "recibió" de contador de chistes

Corrían los años 30. Poco a poco el joven Augusto fue ganándose un espacio en el difícil mundo de las comunicaciones paseando su talento, aún floreciendo, por las recordadas cabinas de radio Nacional, San Cristóbal, Victoria y Excélsior.

Augusto Ferrando paralelamente a su trabajo en la radio estudiaba contabilidad... Al final de cuentas terminó recibiéndose de "contador" pero de chistes.

Sus padres, don Santiago y doña Rosa se sentían orgullosos de él, al igual que de su hijo mayor, pero Augusto era el más apegado. Dinero que recibía, dinero que se lo entregaba a su madre. De esa manera colaboraba en la manutención de su hogar, donde si bien es cierto no había dinero en cantidades exorbitantes, sí había cariño y mucho amor.

En radio Exélsior, Augusto promovió lo que se llamó el concurso "La Polla Real", donde matizaba el juego con su chispa inacabable. Paralelo a ello, seguía sus estudios de contabilidad, pero el mundo de las comunicaciones pudo más que cualquier otra carrera profesional.

Al final de cuentas, como él dijo en una reunión de amigos donde contaba su vida, "me recibí de contador de chistes". Quién no le celebraba una gracia al buen Augusto, quién no le arrancaba mínimo una sonrisa hasta a la persona más amargada del mundo o más desdichada de este planeta.

Conforme transcurrían los años el nombre de Augusto en el mundo de las comunicaciones sonaba cada vez con mayor fuerza y respeto.

Aquel buen humor que transmitía a través de los micrófonos era el matiz especial para las carreras de caballos que él narraba. Así, poco a poco, con su picardía y su chispa, el nombre de Augusto Ferrando en la radio era escuchado con fuerza y con respeto... ya no era aquel muchacho estudiante y quizás temeroso del éxito, era un hombre conocido que comenzaba a sentir lo que era la popularidad.

 

 

 

Eran los años 30 y ya era conocida su inconfundible chispa, aquella que se llevó a la tumba.

Nunca se mareó...

Por aquellos años la década de los 30, aquella del traje oscuro, del sombrero de ala y bastón, Ferrando recibía el elogio de quienes se deleitaban con sus transmisiones radiales desde el hipódromo. Pese a ello, nunca se mareó con los halagos. En las actuales épocas, cualquier otra persona se hubiera sentido en las nubes, pero él no. Siempre pisando a paso firme y siempre agradecido a Dios por la oportunidad de surgir en la vida como un hombre de bien, digno de la buena crianza de sus padres Santiago y Rosa.

Así continuó su juventud: entre los micrófonos, las cabinas radiales y los caballos... ¿Los números? -por sus estudios de contabilidad- quedaron en un segundo plano, hasta que dio el primer gran salto de su existencia y que lo llevaría directamente hacia el estrellato, al cual, desde siempre, estuvo predestinado.


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